La odisea del Tío Nicomedes

LA ODISEA DEL TÍO

NICOMEDES

Obra teatral inspirada en un relato real,

publicado por Waldo Fernández en “Almanza y sus historias”.

De la dramatización se ha encargado Marcos Porqueras Moreno.

 

Waldo Fernández Ramos

Marcos Porqueras Moreno

 


LA ODISEA DEL TÍO NICOMEDES

Nota de autoría

En la presente estructura dramática, los textos de los narradores y la secuenciación de los cuadros han sido realizados por Marcos Porqueras Moreno, con la ayuda de Gémini (la IA de Google) con el propósito de trasladar la agudeza y la humanidad de la crónica de Waldo Fernández a las tablas.

Al adaptar este texto, no hemos buscado la espectacularidad, sino el peso de la verdad. Queremos que el espectador sienta el frío de los niños sobre el burro, el dolor de Nicomedes al vender a su único compañero de viaje en Lérida y, sobre todo, esa fuerza que marcó el paso de una generación que no sabía rendirse.

Marcos Porqueras Moreno

PERSONAJES

Médico
Nicomedes

Madre

Alcalde

Secretario

Vecina 1

Vecina 2

Auxilio

Valentín

Paisano

Tratante

Taquillero

Guardia 1, Guardia 2

Doña Concha

Maragato

Dos Narradores

LA ODISEA DEL TÍO NICOMEDES

 

El escenario está en penumbra. Se escucha el sonido de un viento suave y silbante. Una luz ilumina a los dos Narradores, que salen y se colocan en medio del escenario, frente al público.  El Uno sostiene unas gafas en la mano; el Dos observa un mapa antiguo que tiene en la mano

UNO:             Antes de que el telón desvele los rostros, es necesario que entiendan el suelo que pisamos. Estamos en 1897. Una época donde la distancia no se medía en kilómetros, sino en fatigas; donde un mapa era, para un hombre humilde, el dibujo de un laberinto infinito.

DOS:              (Tocando el mapa) Dicen que en aquellos años, salir de la montaña leonesa para cruzar Castilla era como lanzarse a un océano de tierra. Barcelona quedaba a un mes de distancia… o a una vida de olvido.

UNO:             (Mirando a alguien joven del público) No busque esta historia en los grandes libros de los reyes, joven. Esta es la épica de lo invisible. La historia de una «España del silencio» donde la rabia no era solo una enfermedad, sino una sentencia de muerte que ladraba en la sangre de los niños.

DOS:              Una sentencia que solo tenía un remedio: un suero nuevo, al otro lado del mundo, en manos de un francés llamado Pasteur. Pero el tiempo volaba. Cuarenta días. Ese era el plazo que el destino le dio al Tío Nicomedes.

UNO:             Lo que van a ver no es solo un viaje. Es el triunfo de la voluntad sobre la geografía. Es el «pim-pam» de un burro cansado marcando el ritmo de un milagro.

DOS:              Es la prueba de que, cuando un padre camina por sus hijos, no hay montaña lo suficientemente alta ni barro lo suficientemente espeso para detenerlo.

UNO:             Silencio ahora. Escuchen el viento de la meseta… (El sonido del viento sube de intensidad). La historia comienza en un zaguán de Almanza, donde el aire huele a humo de encina y a miedo.

Los Narradores se van a ocupar su sitio, en la mesa pequeña y dos sillas del lado derecho del escenario. Interior de la casa de Nicomedes en Almanza. Una estancia en penumbra, oliente a humo de encina y a vinagre de las compresas. Los dos niños, Auxilio y Valentín, están sentados en un banco de madera, asustados, mirándose las heridas vendadas en las piernas. El médico de Almanza —un hombre de barba canosa y maletín de cuero gastado— se lava las manos en una jofaina mientras Nicomedes lo observa sin parpadear.

MÉDICO:                 (Secándose las manos con un trapo, sin mirar a Nicomedes) No sirve de nada que me mires así, Nicomedes. He limpiado las mordeduras con lo que tengo, pero el colmillo de ese perro llevaba el infierno dentro.

NICOMEDES:         (Con voz ronca) Deme un ungüento, don Julián. O una purga. Lo que haga falta. Yo pago… como sea, pero yo pago.

MÉDICO:                 (Se gira, serio, señalando a los niños) No es cuestión de reales, hombre. Es cuestión de tiempo. La rabia no es una calentura que se cure con caldos. Es un veneno que duerme en la sangre. Ahora están bien, ¿los ves? Parecen sanos. Pero dentro de veinte días, o treinta, o cuarenta… el veneno despertará. Empezarán a odiar el agua, a morder las mantas, a desconocer a su propia madre. Y entonces, Nicomedes, no habrá médico en toda Castilla que pueda detenerlo.

MADRE:                   (Desde la sombra, ahogando un sollozo) ¡No diga eso, don Julián! ¡Son solo unos chiguitos!

MÉDICO:                 (Apretando el brazo de Nicomedes)           Escúchame bien. Solo hay un sitio en España donde están probando un suero nuevo. Un tal Pasteur, un francés, ha descubierto el remedio, y dicen que en Barcelona lo tienen. Pero está a cientos de leguas.

NICOMEDES:         ¿Barcelona? ¿Eso dónde cae? ¿Pasando Sahagún?

MÉDICO:                 Mucho más allá de Sahagún, y de Burgos, y de los montes de Navarra. Es el otro lado del mundo para un hombre con un burro. Tienes cuarenta días, Nicomedes. Cada hora que paséis aquí sentados es una hora que le robáis a la vida de estos hijos. Si te quedas, los entierras. Si sales hoy mismo… quizá, y digo solo quizá, Dios te eche una mano.

NICOMEDES:         (Mira a sus hijos. Se hace un silencio sepulcral.) Cuarenta días…

MÉDICO:                 Ni uno más. A partir del día cuarenta, la herida se cierra, pero el alma se pudre. Tienes que llegar antes de que el perro ladre dentro de ellos.

NICOMEDES:         (Se yergue, parece más alto de repente. Se ajusta la faja) Vete preparando el hato, mujer. Mete el tocino y el pan que quede. Don Julián… escríbame en un papel el nombre de ese hospital y los pueblos que tengo que pisar.

MÉDICO:                 ¿Vas a ir andando, Nicomedes? No tienes dinero ni para el coche de línea a Sahagún.

NICOMEDES:         (Con una determinación feroz) Tengo un burro y tengo dos piernas. Si hace falta, los llevaré a cuestas uno en cada hombro. Pero a mis hijos no se los come la rabia en este zaguán.

MÉDICO:                 (Escribe rápido en un trozo de papel) Voy al Ayuntamiento, a pedir al alcalde que te den lo que puedan. Y luego… no mires atrás. Que el pim-pam del burro sea lo único que escuches hasta ver el mar.

Nicomedes toma el papel como si fuera un tesoro sagrado. Se acerca a los niños y les pone las manos en la cabeza.

NICOMEDES:         Vamos, chiguitos. Vamos a dar un paseo largo.

UNO:                         (Desde la mesa). La decisión estaba tomada, pero el camino no se anda solo con voluntad.

DOS:                          Hacía falta el “óbolo de los pobres”. Porque en Almanza, cuando el hambre aprieta, el corazón de los vecinos es lo único que se ensancha.

En casa del Tío Nicomedes están terminado de preparar las alforjas. Llegan el Alcalde, el Médico, el Maestro y un grupo de vecinas.

ALCALDE:                Con tu permiso, Nicomedes.

NICOMEDES:         (Se quita la boina con respeto, pero mantiene la mirada alta) Adelante, señor Alcalde.

ALCALDE:               Don Julián me ha dicho que venga.

NICOMEDES:         Que no hay tiempo. Mis chiguitos… el perro les ha dejado el veneno dentro. Si no los llevo a Barcelona, se me mueren en cuarenta días.

ALCALDE:               (Con un suspiro de pesadumbre) Lo sé, Nicomedes. Una desgracia. Barcelona… ¡pero si eso está al otro lado de España, hombre! ¿Cómo piensas llegar allí? No tienes ni para pagar el pasaje en el coche de línea hasta Sahagún.

NICOMEDES:         (Con una determinación férrea) Me llevo el burro, señor Alcalde. Pongo a los niños encima y… pim-pam, arreando pa Barcelona. Si hace falta, empujo al burro. Pero tengo que llegar.

SECRETARIO:         (Abriendo un libro de cuentas) Alcalde… las arcas del ayuntamiento están vacías. El invierno ha sido duro. Apenas tenemos para pagar la leña de la escuela.

ALCALDE:               (Mira a Nicomedes, a su tabardo raído, a la angustia contenida en sus ojos) ¡Cállese, Secretario! Aquí hay dos vidas en juego. Dos hijos de Almanza. No podemos dejarlos morir como perros. (Se rebusca en el bolsillo, saca unas monedas). Apunte, Secretario: Cinco duros para el viaje de Nicomedes y sus hijos a Barcelona. Es todo lo que el Ayuntamiento puede dar. Cinco duros.

NICOMEDES:         (Toma las monedas con manos temblorosas) Gracias… gracias, señor Alcalde. No lo olvidaré. Ni yo ni mis hijos.

Las mujeres del pueblo, que han estado escuchando, se acercan. Llevan hatillos, paños y navajas.

VECINA 1:                (Le entrega un paño con pan y queso) Toma, Nicomedes. Es pan de ayer, pero os aguantará un par de leguas. No dejes que los niños pasen hambre.

VECINA 2:                (Corta un trozo de tocino y se lo ofrece) Tome, para que los chiguitos tengan fuerzas. Que el tocino calienta el cuerpo. Y algo de vino, pa que os dure pal viaje.

VECINA 3:                (Le ajusta la toquilla a Valentín, que está de pie junto a su padre) Arropadlos bien, Nicomedes. El cierzo en el Páramo no perdona. Que San Antonio os guíe, hombre. Que os guíe hasta ese mar de Barcelona.

ALCALDE:               (A todos, con voz grave)   Vayan todos a casa. Y recen. Recen para que el pim-pam de ese burro sea más rápido que la rabia. Nicomedes… no te detengas. Si te falta algo, pide. Pide en nombre de Almanza. Que la vergüenza no te pare los pies.

Nicomedes se vuelve a poner la boina, asiente a sus vecinos con la cabeza. No hay más palabras. Se acerca a las alforjas, se la cuelga a y toma a los niños de la mano.

NICOMEDES:         Vamos, que se nos hace de día.

Nicomedes se va. La madre los acompaña a la salida. El Alcalde y los Vecinos los miran alejarse en silencio.

UNO:             Y así, el horizonte se tragó sus figuras. Dejaron atrás las montañas para enfrentarse a la llanura infinita.

DOS:              Logroño, Tudela… nombre en un papel que se convertían en leguas de frío y polvo. La geografía ya no era un mapa, era hambre.

Un escenario inmenso y vacío. Al fondo, proyecciones de nombres de ciudades que pasan lentas: Burgos… Logroño… Tudela. El sonido del viento del norte es constante. Los niños, Auxilio y Valentín, aparecen tapados con una manta, Se sientan en unas piedras.

NICOMEDES:         (En off). Id comiendo algo, hijos. Mientras ato al burro al lado de algún lugar donde haya hierba.

AUXILIO:                 Padre, el pan ya está tan duro que no entra. Se me clava en las encías.

NICOMEDES:         (Entra) (Saca una navaja vieja, corta una lasca de tocino y se la da) Chúpala, hijo. No la mastiques. Que el engaño llegue al estómago antes que el hambre.

VALENTÍN:             ¿Estamos ya en Barcelona?

NICOMEDES:         (Mira al horizonte infinito) Estamos en el camino, que es lo que importa. Aquello es Logroño. Allí pediremos posada en una cuadra. Si os preguntan, decid que sois de Almanza y que vais al mar. La gente tiene buen corazón si ve que el destino es grande.

AUXILIO:                 ¿Y queda mucho para Barcelona?

NICOMEDES:         Queda menos que ayer, que es lo que importa, hijo.

AUXILIO:                 ¿Y el burro, padre? No para de temblar.

NICOMEDES:         El burro es el que nos lleva el alma, Auxilio. Si él se para, nos paramos todos.

Se acerca un paisano con un cubo de cebada.

PAISANO:                ¡Oiga, hombre! Ese animal no llega vivo a Lérida. Tiene las patas en carne viva. Tenga, échele este pienso, por el amor de Dios. ¿A dónde van con esas criaturas?

NICOMEDES:         A Barcelona, señor. A que los curen de la rabia.

PAISANO:                (Persignándose) ¡Virgen santa! Tengan… tomen este trozo de queso. No es mucho, pero el camino es largo y Dios es grande.

UNO:                         Pero al llegar a las puertas de Cataluña, el motor del viaje falló. El burro, fiel compañero, entregó sus últimas fuerzas.

DOS:                          En Lérida, Nicomedes tuvo que elegir entre el afecto a una bestia y la vida de sus hijos. Un trato amargo frente a las vías de un tren.

Estación de tren de Lérida. Ruido de vapor y silbatos lejanos. Nicomedes está frente a un tratante de ganado.

TRATANTE:            Seis pesetas, Nicomedes. Y me arriesgo, que ese bicho se me muere antes de llegar al matadero. Mírele las patas, están en carne viva.

NICOMEDES:         ¡Son los kilómetros, señor! Pero el motor es bueno. Ha traído a mis hijos desde León sin quejarse una vez. Deme diez pesetas… necesito el tren. La rabia no espera a que yo camine treinta leguas más.

TRATANTE:            Seis pesetas. Ni un céntimo más. El bicho está en los huesos, cualquier ciego lo ve. O se lo queda y sigue andando. Usted verá si la vida de sus hijos vale cuatro pesetas de diferencia.

NICOMEDES:         Mire usted cómo le quieren los niños Y mire cómo les quiere el burro a ellos.

TRATANTE:            Seis pesetas.

Un silencio terrible. Nicomedes mira al burro.

NICOMEDES:         Vale… Quédeselo. Pero dele un pienso de cebada antes de matarlo… se lo ha ganado.

El tratante le da las monedas. Nicomedes va a la taquilla del tren. El TAQUILLERO es un hombre de manguitos negros y cara de pocos amigos.

NICOMEDES:         ¿Cuánto cuesta un billete a Barcelona? Somos dos niños y yo.          

TAQUILLERO:        Barcelona, cinco con cuarenta el adulto. Los niños pagan medio. Total: once pesetas.

NICOMEDES:         (Pone sus seis pesetas en el mostrador) Solo tengo esto. El burro no ha dado para más.

TAQUILLERO:        Pues el tren no anda por caridad, buen hombre. Con seis pesetas… le llega para tres billetes hasta Manresa.

NICOMEDES:         ¿Y de Manresa a Barcelona?

TAQUILLERO:        Sesenta kilómetros de polvo y piedras.

NICOMEDES:         (Recoge los billetes con dignidad) Démelos. Mis hijos ya saben lo que es el polvo. Al menos el tren nos quitará unas leguas de encima.

UNO:                         El tren les robó unas leguas al tiempo, pero los dejó en Manresa. Y de allí, a pie, hasta entrar en el ruido de la gran ciudad.

DOS:                          Barcelona no era el zaguán de Almanza. Era un laberinto de mulas, tranvías y gente que corría sin mirar a los ojos del barro.

Una calle amplia y ruidosa de Barcelona. Se oyen ruidos de tranvías de mulas, pregones de vendedores y el bullicio de una ciudad que no se parece en nada a Almanza. Nicomedes, Auxilio y Valentín están parados en una esquina, parecen figuras de barro en medio de la civilización. Están sucios, con las mantas raídas y los ojos muy abiertos por el asombro y el miedo.

AUXILIO:                 (Asustado, agarrando la chaqueta de su padre) ¡Padre! ¡Cuánta gente! ¡Parece que todos corren!

NICOMEDES:         (Apretando con fuerza una carta arrugada en su mano) No te sueltes de mi mano, hijo. Ni tú tampoco, Valentín. No nos vayamos a perder en este hormiguero.

Se acerca un primer Guardia con paso firme. Nicomedes se quita la gorra con respeto, casi con miedo.

NICOMEDES:         Con perdón, señor agente… Buscamos a un paisano nuestro. Se llama Don Ramón Ramos. Es guardia, como usted.

GUARDIA 1:             (Mirándolos de arriba abajo con desdén) ¿Ramón Ramos? Hombre, aquí hay cientos de guardias. ¿Sabe en qué cuartel presta servicio? ¿O la calle donde vive?

NICOMEDES:         No, señor… Solo sabemos que es hermano del tío Ubaldo, de nuestro pueblo. Traemos esta carta de recomendación.

GUARDIA 1:             (Riendo con suficiencia) ¿Del pueblo? Mire, buen hombre, Barcelona es muy grande para buscar a un hombre solo por su nombre. Sigan su camino y no estorben.

El guardia se aleja. Nicomedes se queda hundido, mirando el papel. Valentín empieza a llorar en silencio.

NICOMEDES:         (Para sí mismo, con amargura) ¿Tantas leguas para morirnos a las puertas del hospital? (A los niños) Venga, chiguitos, no lloréis. Vamos a preguntar al siguiente. San Antonio no nos ha traído hasta aquí para darnos la espalda.

Caminan unos pasos. Aparece un segundo Guardia, de rostro más maduro y gesto amable. Nicomedes vuelve a detenerse.

NICOMEDES:         Dios le guarde, señor. Busco a Don Ramón Ramos. Me han dicho que es guardia en esta ciudad.

GUARDIA 2:             (Se detiene y lo mira con curiosidad) ¿Ramón Ramos? ¿El de León?

NICOMEDES:         (Con un brillo de esperanza en los ojos) ¡Sí, señor! ¡De Almanza! ¡Hermano del tío Ubaldo!

GUARDIA 2:             (Sonriendo) ¡Vaya! Pues han tenido ustedes una suerte de las que no se ven. Ramón es compañero mío de promoción. Vive aquí cerca, terminando esta calle. Vengan conmigo, que no van ustedes a dar con el portal entre tanto lío.

UNO:                         La providencia tiene nombres propios. Y en Barcelona, la providencia se llamaba Ramón y Concha.

DOS:                          En aquel portal, el frío del camino empezó a derretirse frente a un caldero de agua caliente y la palabra “hospital”

Puerta de una casa señorial pero sencilla. El Guardia 2 llama con fuerza a la puerta. Se abre y aparece Doña Concha, con un delantal impecable. Al ver al guardia y a los tres «mendigos», se queda de piedra.

GUARDIA 2:             Doña Concha, perdone la molestia. Aquí tiene a unos paisanos de su marido que preguntan por él. Vienen desde el mismo pueblo.

DOÑA CONCHA:   (Mirando el estado de los niños, conmovida) ¡Jesús, María y José! Pero… ¿vienen ustedes andando? ¡Si están en el puro chasis!

NICOMEDES:         (Entregando la carta con manos temblorosas) Traigo recado para Don Ramón… los niños… el perro rabiao… el médico de Almanza nos mandó…

DOÑA CONCHA:   (Interrumpiendo, con autoridad maternal) ¡No diga más! ¡Pasen ahora mismo! (Llamando hacia adentro) ¡María, pon agua a calentar en el caldero grande! ¡Y saca el pan y la olla de la cena!

NICOMEDES:         No queremos molestar, señora… solo el hospital…

DOÑA CONCHA:   (Cogiéndolo del brazo) ¡Qué hospital ni qué niño muerto! Primero se lavan y comen, que traen ustedes la miseria de medio España encima. Ramón llegará en un rato y él los llevará donde haga falta. Entren, que en esta casa hoy se da gracias a Dios por haberlos traído vivos. Mañana Ramón les llevará al hospital a hablar con el médico. Ahora, a lavarse, a cenar y a las sábanas limpias.

Nicomedes entra, quitándose la gorra, mirando al techo como si entrara en un palacio. Los niños entran agarrados a las faldas de Doña Concha. El Guardia 2 los saluda con la mano y se marcha sonriendo.

NICOMEDES:         No sé cómo pagarles esto…

DOÑA CONCHA:   (Le pone una mano en el hombro) Se paga llegando vivo, Nicomedes. Eso es lo único que nos importa.

UNO:                         Tras quince días de suero y esperanza, el milagro se hizo carne. Los niños estaban sanos.

DOS:                          Empezaba la vuelta. Sin burro, pero con el alma ligera. Y en el camino, cerca de Calahorra, el destino les permitió devolver el favor recibido.

Camino de vuelta, cerca de Calahorra. Los niños avanzan saltando y jugando. Se encuentran con un maragato.

MARAGATO:           (Desesperado) ¡Cágüen diez! Mira que hundirse ahora. ¡Mal rayo me parta! ¡Mulas de mala madre! ¡Mira que hundirse en el pozo!

NICOMEDES:         ¡Eh, paisano! ¡Espere! Usted va vestido como los de Astorga, de cerca de mi tierra, de León.  

MARAGATO:           Pues es soy de allí. Vamos, mi familia desciende de la Maragatería. Pero no estoy para charlas.

NICOMEDES:         Veo que tiene problemas con el carro. Si mis hijos y yo le podemos ayudar en algo…

MARAGATO:           Se ha hundido una rueda en ese pozo de barro y las mulas no pueden con la carga,

NICOMEDES:         ¡Valentín, Auxilio, coged esos cantos! ¡A las ruedas! Usted, paisano, y yo, empujaremos con ganas. Y anime a usted a las mulas con algún juramento, que siempre ayuda…

Los niños corren y colocan piedras grandes tras las ruedas.  Todos salen de la escena.

NICOMEDES:         (En off)¡Ahora! ¡Arre! ¡Tiraaaa!

El carro sale del bache. El carromatero se limpia el sudor, agradecido.

Entran todos.

MARAGATO:           ¡Por los clavos de Cristo! Si no aparecéis, pierdo el porte y las mulas. ¿De dónde salís vosotros, ángeles del barro?

NICOMEDES:         De Barcelona, paisano. De salvar la vida.

MARAGATO:           Pues hoy salváis la mía. Subid al carro. Tengo vino, fiambrera y mantas. Os voy a llevar ocho leguas del tirón, que hoy mi casa es la vuestra. ¡Subid, chiguitos, que hoy viajáis como señores!

UNO:                         (Buscando en el mapa) El viaje fue más largo, casi mes y medio de polvo y gratitud.

DOS:                          Las patatas ya tenían hoja nueva en Almanza cuando el grito de un vecino rompió el silencio de la plaza.

Plaza de Almaza. Algunas vecinas saludan a la Madre de los niños.

VECINA 1:                ¿Se sabe algo de los niños?

VECINA 2:                Ya debería de haber noticias.

MADRE:                   Pues no sé nada. Pero no pierdo la esperanza.

VECINA 1:                ¿Cuánto hace que se fueron?

VECINA 2:                Las patatas ya estaban sembradas y el monte tenía hoja nueva.

MADRE:                   Tres meses y pico ya. Estarán vivos, porque habrán llegado a tiempo. Tendrán piojos, y el hambre pegada al espinazo, pero estarán vivos. Estarán descalzos, pero sanos.        

VOZ EN OFF:          ¡Que vuelve el tío Nicomedes! ¡Que trae a los rapaces sanos!

MADRE:                   (Cae de rodillas, llorando y riendo) ¡Gracias a Dios y a San Antonio! ¡Gracias!

Nicomedes entra en el pueblo, con un niño de cada mano. Camina derecho, aunque sus pies sangren.

¡Hijos míos! ¡Nicomedes! ¡Gracias a San Antonio!

FIN

Comentarios

Una respuesta a «La odisea del Tío Nicomedes»

  1. Avatar de Benigno Pringamozas
    Benigno Pringamozas

    ¡Qué emocionante!
    Gracias Markus.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *