IA / 1. Los traductores

El otro día encontré un artículo en la página de El Trujamán, la revista de traducción del Centro Virtual Cervantes. Su título era “Hasta en la sopa” y, entre otras cosas, decía:

“Puede uno tratar de escabullirse, tirar por la tangente, dar por zanjado el asunto inteligencio-artificioso con algún que otro argumento. Pero es cuestión de tiempo que salte algún hijo de vecino, que según él mismo está enteradísimo de la actualidad tecnológica mundial, para explicarte que cómo no subirse al carro de este alucinante progreso para la humanidad. Qué calamidad, pero ¡qué oportunidad! What a time to be alive, bro! Muchísima efusividad. Así es difícil olvidarse del temita, claro. Se puede echar a un lado, aunque acaba volviendo porque hay toda una industria, de origen californiano pero que está ya por todas partes, dedicada casi en exclusiva al dumping; su negocio depende de que, a la larga, todos veamos en esta una herramienta indispensable. Una industria que va a todo lo que da la máquina porque está liderada en buena medida por hombres sociópatas que piensan que todo lo pueden, sin escuchar la realidad que les rodea, sin sopesar las consecuencias que su actitud de «ir a tope a por todas» pueda tener en vidas ajenas.”

Concluía que tal vez todo lo que había escrito era “una mera excusa para traer a colación el flamante sello de traducción humana”, herramienta creada por ACE Traductores, sección autónoma de traductores de libros que pertenece a la Asociación Colegial de Escritoras y Escritores de España. Como explican en la página web, con dicha herramienta reivindican “la transparencia en el uso de la inteligencia artificial generativa (IAG) aplicada al sector editorial”.

Están preocupados. Los traductores, como otros muchos profesionales (entre ellos, los propios escritores, guionistas, músicos, ilustradores), sienten que sus puestos de trabajo están amenazados por la IA. Y con mucha razón. Ahora mismo, mientras escribo esto, tengo abiertas algunas páginas en inglés en mi navegador de internet, que este me traduce al instante casi sin que yo me dé cuenta. Para mí supone una ventaja enorme, desde luego, porque, sin entrar en detalles, es capaz de traducir bastante fielmente, lo que me permite acceder a multitud de artículos escritos en cualquier idioma.

Es sólo un ejemplo. Tal vez uno de los más sangrantes. En Francia, la editorial Harper Collins ha decidido traducir de forma automática las obras de literatura romántica de su sello Harlequin. Lo apunta el manifiesto de ACE Traductores, en donde dicen que no pretenden “frenar una dinámica que seguramente es irreversible y cuyos efectos en el devenir de la humanidad apenas empezamos a entrever”, pero sí “reivindicar la transparencia de ese proceso para salvar la esencia de la creación humana, aquello que nos distingue, todavía y por encima de todo, de las máquinas”.

La esencia de la creación humana. ¿Qué es eso? Supongo que se refieren a la lectura profunda que solo un humano puede realizar de una obra literaria escrita en determinado idioma por otro humano, y que tiene la habilidad de trasladarla a otro idioma, que también conoce bien, salvaguardando sus “esencias”. Pero, por descontado, la mayoría de los traductores utilizan ya la IA generativa. Y a menudo les queda poca tarea por hacer, tal es el grado de finura que alcanza la máquina. Hoy en día, el traductor realiza a lo sumo un trabajo de post-edición, aunque ya casi ni siquiera eso: la máquina lo hace bien, capta los giros, las expresiones, conoce el estilo del escritor, lo que quiere decir y cómo lo quiere decir, seguro que “ha leído” todas las obras del mismo autor, las críticas literarias, sus entrevistas, charlas y conferencias. Y, además, ha alcanzado un dominio del lenguaje superior al de la gran mayoría de los mortales. ¿Entonces? La idea de poner un sello en los libros que certifique que ha sido traducido por un humano, ¿garantiza que ha sido así “de verdad”? (No me quiero desviar del tema, pero se me ocurren muchos adjetivos, por ejemplo, en el campo de la alimentación, que no terminan de asegurar nada, por ejemplo: “ecológico”.)

Desde luego, resulta poco poético y bastante descorazonador, nunca mejor dicho, que una máquina nos supere en una de esas habilidades que nos hace más intrínsecamente humanos, el lenguaje. Una habilidad ligada al pensamiento, a la comunicación y a la creación, pero también a la pura especulación, al juego y a la confusión. 

Discutiremos este y otros aspectos de la IA generativa en futuras entradas del blog, aun a riesgo de ser un hijo de vecino sabiondo de los que habla Javier Roma en su artículo “Hasta en la sopa”…

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