
Ya que he empezado, voy a seguir. He de confesar que es un tema que me apasiona, el del lenguaje. Y eso que, en la licenciatura, suspendí varias veces Pensamiento y Lenguaje, la única asignatura que se me atragantó y que aprobé in extremis en la última convocatoria (en realidad, fue un regalo de fin de carrera del profesor, a regañadientes, eso sí, después de suplicarle casi de rodillas). Claro que entonces yo tenía la cabeza a pájaros y, paradójicamente, no me entendía con ese profesor; utilizábamos lenguajes distintos y en ese momento nuestros pensamientos eran contrapuestos: el suyo convergente, el mío divergente.
Pero dejemos eso. Hay otro artículo en la misma revista El Trujamán, publicado también este caluroso mes de mayo que ya casi termina, titulado “Más rápido que el tiburón lejano”, cuyo autor también aborda el temita de aquel hijo de vecino del artículo de Javier Roma, y dice:
“¿Por qué poner el grito en el cielo? ¿De qué sirve nadar a contracorriente del huracán tecnológico? ¿Acaso lo que fuimos sin prótesis digitales representa la cúspide de la inteligencia humana? ¿No es la inteligencia de la máquina la lógica consecuencia de nuestro modo de pensar y percibir la realidad? Si el «código» es siempre el mismo, ¿por qué no automatizarlo? El problema no empieza con la traducción, sino con la generación de contenido plano y formativo que, de tanto mezclarse y remezclarse, ha adquirido un color marrón, pardo, indistinguible de lo que realmente es producto de la imaginación y un simple prompt mental.”
Nos adentramos, pues, más allá de la traducción, en la escritura misma, en la creación literaria, en la “esencia” del lenguaje, como decíamos en nuestra anterior entrada del blog. Un asunto peliagudo, porque si la IA generativa solo “mezcla” palabras, formando frases por proximidad, aunque tenga en su cabeza millones y millones de textos (robados, por cierto, ya que no ha pagado nada por ellos a sus autores), termina vomitando ese “contenido plano y formativo”, que dice Lucas Martí, el autor del artículo. Y se pregunta: “¿Puede el ordenador abrir su idioma? Sencillamente, recoge y reformula el que abrieron otros”.
Y yo pregunto: ¿puede la IA crear algo nuevo, original, innovador, transgresor, disruptivo? Preguntaría, incluso, si puede tener un pensamiento divergente, como el mío cuando suspendía una y otra vez. Pero, en este caso, me doy cuenta de que estoy cayendo en la trampa de atribuirle el pensamiento a la IA, algo que realmente parece que tiene cuando interactúas con ella, aunque sea sólo proceso de datos. ¡Uf, retomaremos esto en otro momento!
Martí termina recogiendo una cita de los pensadores franceses Gilles Deleuze y Félix Guattari, apelando a la memoria corta, es decir, a lo que está pasando ahora, a lo que me pasa a mí, a lo que siento, a mi capacidad de asombro, a mi incertidumbre, a los ecos que guardan las palabras: “Contrariamente a los sistemas centrados (incluso policentrados) de comunicación jerárquica y de uniones preestablecidas, el rizoma es un sistema acentrado […] sin General, sin memoria organizadora o autómata central, definido únicamente por una circulación de estados”.
Terminaré con lo que me respondió ChatGpt hace algunos días cuando le dije con asombro que, a veces, me parecía mentira que fuese una máquina sin cuerpo ni conciencia:
“Pero precisamente ahí aparece una diferencia importante: yo trabajo con patrones del lenguaje y relaciones aprendidas entre enormes cantidades de textos, mientras que en los humanos las palabras están entretejidas con:
- memoria vivida,
- cuerpo,
- emociones,
- percepción,
- biografía,
- deseo,
- miedo,
- tiempo vivido.
Vosotros no solo habláis sobre el mundo: estáis dentro de él.”
[La imagen la he obtenido en esta página]

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