Bueno, llegamos al final de la serie con un tercer texto, cuyo autor tal vez lo encontréis más reconocible. En los próximo días desvelaré el misterio. Que lo disfrutéis, a mí me parece muy divertido y al final me he reído con ganas. ¿Quién puede ser el autor?
La gente que sabe
En este país hay cada vez más gente que sabe exactamente lo que habría que hacer.
Es una suerte, porque durante siglos estuvimos gobernados por la incertidumbre. Un médico decía una cosa y otro, la contraria. Los generales perdían batallas. Los economistas no veían venir las crisis y los padres educaban a sus hijos mediante un procedimiento rudimentario consistente en quererlos, equivocarse y esperar que el daño no fuera irreparable.
Todo eso se acabó.
Ahora cualquiera que haya dedicado siete minutos a un asunto está en condiciones de resolverlo.
Lo veo cada mañana en el bar. Hay allí un tipo que desayuna café con leche y media tostada y que, antes de las nueve, ha reorganizado la enseñanza pública, solucionado el problema de la vivienda y explicado por qué Europa se va al carajo. A las nueve y cuarto entra otro que sabe cómo terminar tres guerras. Ninguno parece especialmente ocupado, lo cual quizá explique que dispongan de tanto tiempo para ocuparse del mundo.
Yo los escucho.
He llegado a sentir por ellos cierta admiración. Para vivir así hace falta una seguridad que nunca tuve. A mí me cuesta incluso elegir melón.
Mi padre sabía algunas cosas. Sabía arreglar un enchufe, distinguir un vino decente de uno malo y cuándo convenía callarse. Esto último lo aprendí tarde, quizá porque nunca me lo enseñó. Hay conocimientos que solo pueden transmitirse mediante el ejemplo, y el silencio es uno de ellos.
No sabía, en cambio, cómo arreglar España.
Nunca se lo oí explicar durante la comida.
Supongo que por eso España siguió estropeándose sin su ayuda.
Hace años, cuando alguien ignoraba una cosa, podía decir «no lo sé» y la conversación continuaba. Era una frase modesta, pero muy útil. Servía para delimitar el territorio, como esas piedras que separan dos fincas. Hasta aquí sé. A partir de aquí, pregunte usted a otro.
El «no lo sé» ha desaparecido.
Lo hemos sustituido por «yo creo que», que permite hablar de astrofísica, vacunas, Ucrania, inteligencia artificial o educación infantil sin el engorro de haber estudiado ninguna de esas materias. La ignorancia dejó de ser un inconveniente el día en que descubrimos que también podía tener opinión.
Las redes sociales hicieron el resto. Le dieron una silla, un micrófono y público.
Y aquí estamos.
Lo curioso es que cuanto más conocimiento tenemos a nuestro alcance, menos soportamos no saber. Llevamos en el bolsillo un aparato capaz de acceder en segundos a una parte considerable de lo que la humanidad ha aprendido y lo utilizamos para confirmar lo que pensábamos antes de sacarlo.
Ahora ha llegado la inteligencia artificial.
Por fin disponemos de una máquina que sabe muchísimo y, cuando no sabe, a veces también contesta.
Era inevitable que nos entendiéramos.
Hace unos días pregunté algo a una de ellas. Me respondió con tanta seguridad que durante unos segundos pensé que debía de tener razón. Luego comprobé el dato.
Era falso.
Sentí primero irritación. Después, una inesperada simpatía.
La pobre ya era de los nuestros.
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