Se lo preguntaba Juan Carlos en un comentario. Pues he escrito este pequeño relato, sin ninguna pretensión, sólo se me ha ocurrido…
Me gustaba hablar con Ramiro. Me lo encontraba sentado siempre en el mismo banco del parque del pequeño pueblo donde ambos vivíamos. Me acababa de jubilar y estaba aprendiendo a vivir de nuevo, sin horarios ni excesivas preocupaciones.
Ramiro no tenía móvil, no lo necesitaba. Según me contó, había trabajado toda su vida en el campo, primero con el arado tirado por una yunta de mulas, y luego por un pequeño tractor. Removía la tierra varias veces desde antes del amanecer. Pasados unos meses la sembraba y, siempre, a eso del mediodía, se iba a su banco, el de sentarse, claro, de los otros no se fiaba ni un pelo. Era de los que guardaba el dinero debajo del colchón. Terminada la siembra, rezaba para que el tiempo le fuera favorable y que el pedrisco no echara por tierra todo su trabajo.
Luego, veía crecer el trigo, desde los primeros brotes hasta que se convertía en un mar verde allá por primavera. Sus rezos entonces se hacían más frecuentes, mientras el campo se tornaba en oro: miraba al cielo suplicándole que fuera bueno con él, y cada nube negra le hacía mascullar alguna palabra impronunciable, aunque nunca llegó a blasfemar como hacían otros. Él era temeroso de Dios, no solía pisar la iglesia, pero era gran amigo del cura, con quien también conversaba de todo lo divino y de lo humano.
Un día, no sé por qué, le solté que las palabras se las llevaba el viento.
Entonces… se quedó mirándome en silencio.


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