
Lápiz, bolígrafo y pluma,
tinta, papel y tijeras,
hablan, respiran y cantan,
sueñan, duermen y despiertan.
Árbol, montañas y ríos,
tiempo, pasado y futuro,
si no lo quieres, recuerda,
y si lo quieres, concuerda.
Bombas, estatuas y mármol,
exceso, pobres y trufas,
sienten, padecen y aman,
corren, vuelan y se estrellan.
Me he levantado temprano hoy. Sobre mi mesa de trabajo (siempre que me siento en ella, digo que estoy trabajando, aunque esté jugando al ajedrez, leyendo el periódico, o viendo alguna película), sobre mi mesa de trabajo, digo, me esperan, verticales en su cubilete, el lápiz, el bolígrafo y la pluma.
Mi lápiz tiene la punta de grafito en un extremo y una pequeña goma de borrar en el otro, que habitualmente está sucia y, más que borrar, casi siempre ensucia el papel, dejando una mancha grisácea. Lo utilizo a menudo para subrayar los libros o escribir algunas anotaciones en los márgenes de sus páginas, y también cuando tengo que anotar algo rápido y lo cojo inopinadamente, como podría haber cogido el boli. (Tengo un sacapuntas que, como todos los sacapuntas de mi vida, a menudo quiebra la mina, qué fastidio.) El lápiz es un viejo conocido, un objeto tan cotidiano que apenas le damos importancia. Sin embargo, nos ha acompañado siempre, en las buenas y en las malas, nunca ha faltado, aunque fuera uno muy cortito ya, gastado de tanto usarlo. Sonrío sólo de pensarlo.
El lápiz es un objeto entrañable, muy querido, tal vez porque lo manejamos desde muy pequeños, primero cogiéndolo a puñados y luego, poco a poco, como una articulación más de nuestra prodigiosa mano, psicomotricidad fina, canela en rama. Siendo tan simple, con paciencia, consigue entrar en nuestras mentes, pasear por nuestros entresijos, hablar, respirar, cantar. Se entiende bien con las ideas y los sueños. Y refleja como nadie nuestros sentimientos, dibujando letras y palabras, surcando el papel con trazo firme y decidido o, al contrario, navegando con dudas las olas de la soledad y el infortunio. Permanece inmóvil, a la espera, pero no espera nada ni dice nada, solamente lo que tú le cuentas: garabatos, monigotes, patrones reiterados y aburridos, bombas y estatuas de mármol, firmas, espirales, cielos estrellados, árboles, montañas, ríos, bocadillos, y algún que otro dibujo con-sentido.
El bolígrafo y la pluma son distintos: tienen tinta.
* El pasado día 10, el periódico publicó dos poemas de Joaquín Sabina, que, según explicaba la noticia, escribió abatido al enterarse de la muerte de su amigo Alfredo Bryce Echenique. Eran estos:
In memoriam
Puntos y comas, verbena del idioma, buzón del aire,
balas de goma, renglones con aroma a sillón Voltaire,
luna de día, lágrimas de alegría sin telarañas,
chabulerías, Inés del alma mía, Martín Romaña.
Pluma traviesa, amígdalas inglesas, pluma con peros,
vino de mesa, tu Tarzán es mi César sin aguacero,
tuya es mi casa, cholita satanaza tan pituquita,
hielo que abrasa, lagrimón que se casa con doña Anita.
Habana loca, Cádiz en carnavales, barrio latino
Lima que enroca los puntos cardinales de mi destino
Lope, Quevedo y el manco de Lepanto no se me piquen
curen de espanto con el canto de Alfredo Bryce Echenique.
Soneto con Alfredo en la memoria
El country Club sin Bryce y sin Alfredo
portandísimo pésimo conmigo
multiplica la ausencia del amigo
que ve tan doble como mis quevedos.
Chabuco de los húmeros mal quedos
que ponen a Vallejo por testigo
del huayno, de las quenas, del ombligo
de mis amaneceres, de tus miedos.
Le falta sal a Lima cuando bajo
al bar y no me esperas en tu silla
y el cielo es una mancha del carajo.
Y el corazón en solfa bastardilla
y dos pájaros tristes sin trabajo
y un manco de Lepanto en cada orilla.
Después de leerlos, se me ocurrió escribir esto.

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