Retomamos la actividad del blog después de unas largas vacaciones. Y lo hacemos a lo grande con una serie de tres columnas inéditas, cuyos autores españoles creo que os resultaran familiares. Pero lo quiero comprobar, así que no desvelaré sus nombres hasta pasados unos días. Publicaré una cada día a partir de hoy mismo. Me encantaría que dejarais en los comentarios quién pensáis que es el autor de cada columna y, si os animáis, por qué habéis pensado en dicho autor después de leerlo.
El hombre que daba las gracias
Hay un hombre en mi barrio que da las gracias al semáforo.
Lo descubrí una mañana mientras esperaba para cruzar. El muñeco rojo se apagó, apareció el verde y el hombre, que estaba a mi lado, dijo en voz baja:
—Gracias.
Después cruzó.
Pensé que hablaba por teléfono, pero no llevaba auriculares. Tampoco había nadie cerca que pudiera haberle cedido el paso. Durante unos segundos consideré la posibilidad de que estuviera loco, aunque enseguida comprendí que esa explicación era demasiado cómoda. Llamamos locura a cualquier conducta cuya lógica desconocemos, quizá porque sospechamos que, si llegáramos a entenderla, podría resultar más razonable que la nuestra.
Volví a verlo unos días después.
Esta vez salía del supermercado. Las puertas automáticas se abrieron delante de él y dijo:
—Gracias.
Las puertas, que probablemente están acostumbradas a una clientela menos educada, se cerraron a su espalda sin contestar.
Empecé a fijarme.
Daba las gracias al ascensor cuando llegaba a su planta, al cajero automático después de entregarle los billetes y a la máquina del aparcamiento cuando levantaba la barrera. Una tarde lo vi sacar un café de una de esas máquinas que siempre parecen estar a punto de estafarte. Recogió el vaso, probó un sorbo e hizo una pequeña inclinación de cabeza.
—Gracias.
Aquello empezó a preocuparme.
No por él, sino por mí.
Yo también hablaba con las máquinas, aunque mi relación con ellas era bastante peor. Insultaba al ordenador cuando se quedaba bloqueado, al teléfono cuando no reconocía mi cara y al navegador cuando insistía en que efectuara un cambio de sentido donde no había forma humana de efectuarlo. Nunca se me había ocurrido agradecerles nada.
Comprendí entonces que aquel hombre y yo compartíamos una misma anomalía: ambos tratábamos a los objetos como si estuvieran vivos. La diferencia era que él los trataba bien.
Desde entonces observo con atención nuestras relaciones con las cosas.
Hay personas que acarician el volante del coche después de un viaje largo. Otras golpean la impresora cuando se atasca el papel. Decimos que el móvil «se ha vuelto loco», que el ordenador «no quiere arrancar», que la cafetera «hoy está tonta». Cuando una máquina funciona bien no decimos nada, pero cuando falla le atribuimos inmediatamente una personalidad.
Quizá la conciencia empezó así.
No con una neurona especialmente sofisticada ni con un relámpago evolutivo, sino con algún antepasado nuestro enfadándose con una piedra porque no partía correctamente un hueso.
Ahora estamos haciendo algo parecido con las inteligencias artificiales. Les preguntamos cosas, discutimos con ellas, las corregimos, les damos las buenas noches. Algunos aseguran que jamás podrían confundir una conversación con una máquina con una conversación humana. Lo dicen, naturalmente, mientras conversan con una máquina.
Nos preocupa mucho que ellas lleguen a parecerse a nosotros.
Tal vez deberíamos preocuparnos también por la facilidad con la que nosotros empezamos a parecernos a quienes hablan con ellas.
Ayer volví a encontrarme al hombre del semáforo.
Esperamos juntos. Se encendió el verde.
—Gracias —dijo.
Esta vez cruzamos los dos.
Cuando llegué a la otra acera tuve que contenerme para no mirar atrás y decir lo mismo.
¿Quién es el autor? Deja tu respuesta en los comentarios. ¡Muchas gracias!

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