¿Alguno de los presentes ha tratado, de tú a tú, a un emperador romano? Yo sí. A Calígula. Me lo presentó Albert Camus.
¿Y a un payaso? Yo sí. A Alpiste y Cañamón. Los conocí en el Club de Humor, en Toro.
¿Y a un dictador fascista? Yo sí, a Anastás. Estaba con Juan Benet.
¿Y a un hipocondriaco? Yo sí, a Argán, el de Molière. Y a un médico hindú, el de Tagore, a un falsificador milanés, un músico alemán, a Julio César, a Juan Tenorio, a Sherloch Homes,… El último, Iván, de la casa de Almodóvar en Mujeres al borde de un ataque de nervios. Los conocí a todos. He pasado muchos y buenos ratos con cada uno de ellos.
No estoy loco, aunque lo parezca. No. Es que soy actor. Aficionado, pero actor.
Y a todos esos personajes, y a más, les he prestado mi cuerpo, mi voz, mis emociones. Y todos ellos, todos … me han prestado su modo de ver la vida, sus objetivos, sus valores. Algunos, admirables; otros, detestables. Hemos empatizado, y como consecuencia, he llegado a explicarme los porqués de sus conductas. Unas me gustaban y a otras las odiaba, pero las acabé entendiendo a todas. Y a todos. A ellos, a sus amigos y a sus enemigos.
Y ello gracias a que tuve la fortuna inmensa de que de niño y adolescente el teatro formase parte de mi currículum formativo. Y lo he retomado en la jubilación.
Y lo que quiero trasmitir ahora es el valor del teatro como herramienta de formación. Es muy útil para mucho, pero quiero resaltar solo algo: en la formación en un valor que debería estar en lugares más elevados en la escala de los valores éticos comunes y morales individuales: la tolerancia.
Para ser tolerante, para respetar íntegramente a los demás cuando ejercen sus derechos aun cuando no me gusten o incluso me perjudiquen, para convivir con personas diferentes sin prejuicios, sin discriminaciones, sin violencia… para todo ello, ayuda mucho tener capacidad de empatizar con los diferentes, de comprender las emociones y los sentimientos de otros.
Y la labor del actor, y de la actriz, empieza en la reconstrucción del personaje. El autor ofrece la materia prima, el texto, pero el director y en último término, el actor, reconstruyen el personaje ofrecido y para ello es esencial entender qué hace, qué quiere conseguir y por qué, sus objetivos, sus motivaciones, sus conflictos… y asumirlos como propios. Es el máximo nivel de empatía que conozco. Y la empatía es el fundamento de la tolerancia.
Por ello estoy empeñado en meter el gusanillo del teatro en mis nietos. Que se acerquen a él como espectadores, como actores, o simplemente, porque su Abu hace teatro. Porque estoy convencido de que será una herramienta extraordinaria para que sean personas tolerantes.
Y, además, se conoce a gente encantadora y ¡se disfruta tanto!
Haced teatro, ved teatro, apoyad al teatro allá donde podáis, apoyad a quien se dedica a este arte maravilloso. Os ayudará a ser mejores personas en una sociedad a la que ayudáis a ser más decente. Merece la pena.

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