Como ya dije en la primera entrada de esta serie, de momento no confirmaré ni desmentiré las atribuciones sobre su autor que habéis realizado de la columna publicada. Aquí viene la segunda, a ver qué os parece: cielo, mar, viejas fotografías, sentidos, añoranza de un tiempo ¿mejor?… ¿Quién puede ser el autor?
Los que miran hacia arriba
Ya nadie mira hacia arriba. En las ciudades se ha extinguido aquel antiguo gesto de levantar la cabeza para saber qué tiempo hacía. El cielo ha sido sustituido por una aplicación del móvil que informa de que a las seis y veinte comenzará a llover con una probabilidad del ochenta por ciento. Uno consulta ese dato mientras camina bajo una nube negra que ocupa media península.
Antes el cielo era una pantalla donde se proyectaban los temores y los deseos. Los campesinos examinaban las nubes, los marineros buscaban una estrella, los amantes esperaban la luna. Hoy, cuando aparece la luna llena, cientos de teléfonos se levantan para fotografiarla. Es una forma moderna de no verla.
Hace unos días, sentado en la terraza de un café, observé a una muchacha que intentaba retratar una puesta de sol. El crepúsculo había derramado sobre los tejados una luz color albaricoque y las últimas nubes parecían brasas apagándose sobre la sierra. La muchacha hizo una fotografía, la miró en la pantalla, modificó el encuadre, aumentó el contraste y volvió a fotografiar.
El sol se puso mientras ella corregía el sol.
No hay nada especialmente grave en esto. Cada época ha tenido su manera de perder el tiempo y acaso la nuestra consista en tratar de conservarlo todo. Guardamos miles de fotografías que nunca volveremos a mirar, conversaciones que no releeremos, vídeos de conciertos que jamás escucharemos completos. Nos hemos convertido en notarios de nuestra propia existencia.
En una caja de mi casa conservo cinco fotografías de un verano remoto. En una aparece mi padre con una camisa blanca, apoyado en la barandilla de un paseo marítimo. En otra, mi madre ríe por algo que sucedió fuera del encuadre. Hay también una playa, una mesa con una botella de vino y un niño demasiado flaco que todavía no sabe quién llegará a ser.
Solo cinco.
Quizá por eso contienen un verano entero.
Recuerdo incluso el olor del protector solar, la arena pegada a los pies, el mantel de papel que el viento quería llevarse, las sandalias calientes después de comer. No sé si esos recuerdos están realmente en las fotografías o si los he ido depositando yo sobre ellas con los años. La memoria tiene esa costumbre: falsifica los documentos y después los presenta como pruebas.
Dentro de cincuenta años alguien heredará nuestros teléfonos. Encontrará veinte mil imágenes y no sabrá cuál mirar. Habrá cumpleaños fotografiados desde siete ángulos, platos que fueron comidos hace décadas, perros muertos, aeropuertos, escaparates, atardeceres repetidos hasta el infinito. Será difícil distinguir qué fue importante porque lo fotografiamos todo con idéntica devoción.
Tal vez nuestros nietos descubran entonces que la abundancia es otra forma del olvido.
La muchacha de la terraza terminó por guardar el teléfono. Levantó la cabeza.
Ya no quedaba sol.
Durante unos segundos contempló el resplandor violeta que permanecía sobre los edificios. Después llegó un camarero, encendió las lámparas de las mesas y la noche comenzó sin que nadie la fotografiara.
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