Una historia japonesa (cont.)
«Los pequeños milagros que ocurren cuando las palabras encuentran su destino.»

Yo diría que las palabras han encontrado su destino en la librería «Los Libros Salvajes«, en Villaviciosa de Odón (Madrid). Desde que la descubrí, como no está demasiado lejos del pueblo donde habito, la visito con cierta frecuencia. Pero no sólo por eso: es que es una librería que me encanta.
Como podéis imaginar, el nombre de la librería es un homenaje a la novela de Roberto Bolaño «Los detectives salvajes«. Quedó entre las diez primeras librerías más bonitas de cualquier parte del mundo en las que habían estado, en una encuesta que realizó entre sus redactores la revista Vogue en el año 2021. Pero no os imaginéis una librería grande, o que destaque por su arquitectura. Es más bien pequeña, sencilla, cercana. Pero eso sí, con una cuidada selección de libros, atenta a los lectores que pasean entre ellos, mientras los hojean con la tranquilidad que transmite un lugar apacible y lleno de sugerencias evocadoras. Puedes charlar con sus creadores (me refiero a los dueños de la librería), preguntarles por este o por aquel otro libro, a sabiendas de que ellos han sido quienes han elegido con mimo cada uno. Además, organizan actos semanales, charlas y presentaciones de libros a los que asisten sus autores. Una delicia, vamos.
Pues allí estuvimos hace un par de semanas. Y me encontró el segundo libro que cité en la primera entrada de esta serie: Desperdigados por el mundo, de Yoko Tawada. Y digo que me encontró, no es una errata. Sucede esto a menudo cuando no vas a buscar ningún libro en concreto. Venía dándole vueltas a desarrollar uno de los temas que dejé pendiente en la entrada La palabra «Again»: «la idiosincrasia del idioma aprendido, que impregna sin darnos cuenta la comunicación entre nosotros, y llega a influir en nuestra visión del mundo», escribía.
En nuestro blog anterior había incluido ya este artículo de Martín Caparrós. Y, respondiendo a un comentario de Galo, había escrito:
El idioma imprime carácter. Por eso es tan difícil traducir un poema, incluso la prosa. Mi nieta mayor, que aprendió francés y español a la vez (madre francesa y padre español), y además habla inglés (ha estado tres años en India), y está aprendiendo alemán, es un buen ejemplo. Diría que en cada idioma es una persona diferente. ¡Es increíble, pero cierto! La lengua que uno habla conlleva una herencia, una forma de decir las cosas, de relacionarse. El uso del género en inglés es muy diferente al español: «the» es tanto masculino como femenino, por ejemplo.

En la contraportada del libro, leí: «Nuestra lengua es como el viento, una mezcla de todos los paisajes por los que hemos pasado a lo largo del camino». Esta cita hizo diana directamente en mi cerebro. Pero ¿qué ocurre cuando dejas de hablar tu lengua nativa porque no encuentras a nadie que la hable? Esto es lo que le ocurrió a Hiruko, la protagonista del libro. Su país, un archipiélago situado entre China y la Polinesia, había desaparecido del mapa mientras estudiaba en Suecia, engullido por los estragos del cambio climático.
A Hiruko se le acabó el visado para seguir viviendo en Suecia, pero ya no podía volver a su tierra natal porque no existía. Le concedieron una beca para estudiar un año en Trondheim (Noruega) y, pasado ese tiempo, «justo antes de estar en apuros», consiguió un trabajo de cuentacuentos a niños inmigrantes en Odense (Dinamarca).
«En el pasado, los inmigrantes por lo general tenían un único país de destino en mente, y la mayoría se quedaba allí hasta que moría, de modo que, con aprender el idioma que se hablara en el país en cuestión, les bastaba. Sin embargo, ahora los inmigrantes estamos en constante movimiento. Nuestra lengua es como el viento…»
Para ella, aprender tres idiomas en poco tiempo era difícil, así que decidió inventarse uno. En Suecia lo adaptaba al sueco, en Noruega al noruego y en Dinamarca al danés. Inventó el panska (pan en el sentido del todo y ska, de Escandinavia).
«El panska no es un lenguaje creado en un laboratorio ni con un ordenador, sino que lo he ido desarrollando con el uso. Lo más importante es hablarlo a diario todo lo posible, primando la comprensibilidad. Mi gran hallazgo ha sido que el cerebro humano dispone de la función de creación de idiomas. No se trata de escoger uno y estudiarlo con un libro de texto, sino de aguzar el oído para ver cómo lo usa la gente de tu alrededor, captar sus sonidos, repetirlos y sentir el ritmo dentro de ti al pronunciarlos: así es como se crea un nuevo idioma.»
Hay que tener en cuenta que los tres idiomas mencionados son lenguas escandinavas, bastante parecidas y con una alta inteligibilidad mutua, así que con el panska podía hacerse entender y que la entendieran.
Este es el punto de partida de la novela, que luego se desarrolla como un viaje en busca del origen, de la lengua pérdida, de la propia identidad. Tenéis una buena reseña en esta página.
«La lengua que uno habla conlleva una herencia, una forma de decir las cosas, de relacionarse». Esta es la idea que había dejado pendiente. Resulta evidente que, cuando un niño aprende a hablar, poco a poco, al mismo tiempo va asimilando una forma de ver el mundo, de nombrar los objetos, de adquirir unas normas, unos valores. Capta la realidad también y sobre todo a través del lenguaje. Las palabras se tiñen de emociones. Los pensamientos se entrelazan entre sí gracias a ellas. Además, encuentran un eco en los demás, que devuelven una sonrisa, sorpresa o disgusto, y otras palabras. En el cerebro, las neuronas andan como locas hablando entre ellas, estableciendo conexiones que luego perdurarán a lo largo del tiempo.
La lengua ayuda a crear nuestra propia identidad. Hablamos mucho con nosotros mismos, y ese lenguaje interior nos da forma y color, nos hace atrevidos o miedosos, impulsivos o reflexivos, amables o antipáticos.
Creo que las personas que aprenden otro idioma disponen de una segunda oportunidad si llegan a asimilarlo bien. Acceden a una nueva perspectiva del mundo y amplían horizontes. A veces, también descubren los nombres de aquello que les ha intrigado o les ha hecho sufrir. Y eso les sirve para manejarlo mejor.
Hiruko, la protagonista de Desperdigados por el mundo, no podía hablar su lengua nativa, aquella que le había proporcionado una visión del mundo y ayudado a formar una identidad propia. Pero inventó el panska, y esa nueva lengua le permitió estudiar, trabajar y relacionarse con las personas que le rodeaban. En ese intercambio con los otros vislumbró una realidad diferente y más matizada y rica, y también encontró su やりたいこと (yaritai koto, «lo que quiero hacer en la vida»). El diálogo interior es importante, pero para crecer necesitas el diálogo con los demás, que es el que conforma por contraste tu personalidad. En cualquier caso, la lengua (nativa o no) está en el centro de ese proceso de cambio y adaptación.
続く / つづく (Continuará…)

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